sábado, diciembre 12, 2009

el fin del milagro español

,,,Lo diré de entrada para que no haya engaños: me acuso y arrepiento de formar parte, por razones obvias de edad, de la "generación de la Transición". En realidad, nací un poco antes, en un tiempo que un poeta español en el exilio, ya desaparecido, definió "como la generación a la que las bombas rompieron sus juguetes". Otro poeta, más reciente, hablaba de que España se había convertido en uno de los pocos países del mundo "donde los mayores no tienen paisajes de infancia para memorizar su pasado". Costas, lagos, montañas, pueblos, vestigios históricos, arquitectura rural... Apenas quedan referencias, engullidas por las tuneladoras, grúas, urbanizaciones, zanjas, adosados. Es el famoso agujero inmobiliario, que, ahora, expertos y políticos, como si fuera una sorpresa, se afanan en desentrañar.
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"Se construyó un Parlamento, a la medida para el cambio de camisa de las élites franquistas. La ignorancia de los ciudadanos educados tras la muerte de Franco oculta las atrocidades de la dictadura". Así de claro y de contundente. Tiene razón. Con las prisas y tanto ajetreo, a esa generación se le olvidaron algunas cosas. Por ejemplo: cierre inmediato de las bases americanas en España, expulsión de su embajador, denuncia y ruptura del Concordato con la Santa Sede, invasión de Marruecos en defensa del Frente Polisario, Ceuta y Melilla, y lo más importante: situar al Rey en un tren hacia Irún. Es evidente que quedaron la tira de cosas por hacer. Pero, por no aburrir, espero que alguien las recuerde. Después de decenas de libros, de miles de artículos, conferencias, coloquios y, sobre todo, de haberla vivido, salvando las distancias, la "generación de la democracia", como Adriano, confiesa "estar en una edad donde la vida es una derrota aceptada". A la vista está.
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¿Y qué es lo que se ve ahora, sin milagro? Primero, el sálvese quien pueda. El Gobierno en su guarida y la oposición -¿o es más bien "la contra"?- al acecho de su permanente desgaste, por aquello de que cuanto peor mejor. Las baronías se han convertido en "virreinatos" con mención de honor a Valencia y su Educación para la Ciudadanía en inglés. Y una medalla especial para la Virreina de Madrid, la condesa descalza y su afán por cambiar las leyes cuando no se ajustan a sus intereses y por acabar con la educación pública y la sanidad, que, como todo el mundo sabe, son cosa de pobres. Y aún hay más: la intensidad, duración y sonido de los reiterados besos a su rival, Gallardón, no obstante, la cara de madrastra de Blancanieves que se le pone. ¿Continuamos? Sólo una cosa: los obispos crucifijo de Trento en ristre. Nada que objetar. Sólo un recuerdo para el ministro de Agricultura de la República, Manuel Jiménez Fernández, católico "de los de comunión diaria", catedrático y maestro, que solía decir: "No tengo nada contra los obispos españoles, salvo dos cosas: no creen en Dios y no han hecho el bachillerato". Pues eso.
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nada cuenta la capacidad, la honorabilidad, el talante, la lucha por la democracia desde el siempre olvidado mundo de la cultura (¿alguno de esos nuevos inquisidores ha leído Contra el olvido?), dentro de un envase conservador, pero abierto a las nuevas realidades. Se opuso a la guerra de Irak. Fue un hombre importante en la Transición y ocupó la cartera de Defensa durante el juicio del 23-F en Campamento. Nadie es perfecto. Pasaba por allí.

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